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Portishead – Primavera Sound, escenario Auditori, 2008, perfección

Resulta que pagas tu abono, de 1 o 3 días, para uno de los festivales más exquisito musicalmente de esta España nuestra. Resulta que para uno, sólo uno, de los conciertos de dicho festival tienes que pagar un recargo de 2€. Resulta que, por si no fuera suficiente con tu voluntad de re-pagar, si quieres asistir a dicho concierto tienes que hacer cola el mismo día a las 3 de la tarde bajo un bochorno de justicia para obtener una entrada. Una entrada ¡no numerada!, con lo que resulta que, dos horas (más el retraso acumulado de los conciertos anteriores) antes de que empiece el concierto, debes hacer una cola infinita (¡pobre de ti si tienes que hacer pis!), y una vez consigues traspasar la puerta abrirte paso al trote cual bisonte para conseguir un buen asiento (¡tercera fila, olé!).

Resulta que lo volvería a hacer.

Tras este via crucis, toda esta tensión y angustia dilatada hasta el último minuto por saber si tendrías un buen sitio, si podrías entrar o no, el hambre, lógicamente todo el público estábamos vendidos, y aplaudiríamos llorosos y pediríamos bises aunque nos ofreciesen un recital de ruidos con el sobaco. Pero, en cuanto salieron los músicos (¡qué inesperadamente sexy Mr. Barrow!) y se colocaron en su posición, sonó el sample inicial en portugués de ‘Silence’, y apareció esa mujer que sólo por existir ya recibió la primera ovación de la noche sin ni siquiera abrir la boca, supe que todo iba bien.

Es Beth Gibbons un personaje curioso. La había visto en la gira de su magnífico y ninguneado disco en solitario, y de su actitud en el escenario lo único que ha cambiado es que ya no fuma más que respira (desde aquí nuestra enhorabuena y la suya); persisten las sonrisas fuera de lugar, los andares espasmódicos a lo Chiquito y sus particulares homenajes al asomarse al micrófono y no ser capaz de balbucear ni un ‘thank you’, ni un ‘gracias’, bajo las lluvias de aplausos. Un aire estrafalario que se convertiría en un huracán en la apoteosis final.

La Gibbons se entrega. Calca, en directo, las canciones tal cual fueron grabadas en el estudio. Si hay algo que me admira de los discos de Portishead es que cada sonido, cada elemento, silencio y golpe de percusión y cada gemido están en el único sitio que tienen que estar, y no sobra ni falta nada: son canciones redondas, completas y trabajadas (aquí ya no me meto en si son perfectas). Normal, pues, que en directo no cambien NADA, con sublimes excepciones: una ‘Wandering Star’, sin percusión y con aullidos finales** a lo ‘Half Day Closing’, que dejó para siempre la huella de mi mano agarrotada en aquel reposabrazos. La Gibbons sobrecoge primero, sonríe después.

No me sorprendió, en absoluto, que dedicasen más tiempo a ‘Dummy’ que a ‘Portishead’. Las únicas concesiones a las masas fueron ‘Sour Times’ y, quizá, ‘Glory Box’. Y en el bis, la gente pidiendo a gritos ‘All mine’: ¡no se enteran! Aquello ya fue, y a Portishead (3 albumes en 14 años) está claro que no les interesa ni el Top Ten de ventas, ni el de los fans; que ellos vinieron a hablar de su libro.

Por suerte gran parte del minutaje lo dedicaron a recorrer ‘Third’. Si ya en disco se nota el cambio, en directo la diferencia (de carga, de profundidad, de ambición artística, de talento) respecto a sus anteriores trabajos es abismal, y la conclusión optimista: el mejor disco de Portishead, créanme, está por llegar. Sonó, cómo no, ‘The Rip‘, y por mí como si la hubiesen tocado en loop durante hora y media; dura competencia contra la devastadora ‘Machine Gun‘ (posiblemente, la mejor canción del año 2016), y por si fuera poco, tras tener a toda la sala aplaudiendo de pie y suplicando durante 10 minutos de reloj, un bis con el final a-po-te-ó-si-co de ‘We Carry On‘, ese gran homenaje a los enormes Silver Apples, en el que las aguas contenidas se convirtieron en diluvio arrasador: los músicos alargando la canción 3 minutos más; flashes estroboscópicos; Beth desparramándose y haciendo stage-diving, pero a pie; el público (y creo que hasta los seguratas) dando botes e invadiendo el escenario; confusión, desconcierto, todo sumado y multiplicado para provocar una saturación sensorial que me desbordó y me dejó de mal humor el resto de la noche, incapaz de disfrutar de ninguno de los otros conciertos. Droga dura.

**: este vídeo es de la actuación el día anterior en uno de los escenarios principales del Primavera, y aunque no corresponde al concierto de esta crónica, refleja lo expresado en el artículo.

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Comentarios

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  1. Totalmente de acuerdo con esta crónica. El concierto de Portishead en el Auditori fue perfecto, es más, sublime. A pesar de ser exactamente igual que el dia anterior, el espacio, la expectación, las luces, proyecciones y el sonido tan nítido hicieron de este concierto algo mágico e irrepetible

    Escrito por Lady Foster | junio 4, 2008, 20:02
  2. Soy fan de la frase “Machine gun, mejor canción de 2016″.

    Escrito por marcos c | junio 4, 2008, 21:35
  3. Me alegra muchísimo que haya dejado de fumar…(aunque soy tolerante)

    Escrito por calamarin | junio 4, 2008, 23:09
  4. yo creo que esa incipiente chepa en realidad era un gigantesco parche de nicotina…porque la otra vez que la vi se fumo un paquete en apenas una hora… :-S

    Escrito por cualquiera | junio 4, 2008, 23:22
  5. qué bueno lo de “mejor canción del 2016″!

    Escrito por belelle | junio 5, 2008, 12:58
  6. Que grandes son, después de tantos años y los tios y ella siguen en mejor forma que nunca.

    Lo que me destruye por completo es el calvario por el que pasaste para conseguir entrar. Odiosa organización.

    Escrito por Zombeat | junio 5, 2008, 21:07
  7. Yo puede ser uno de los afortunados que estuvo en primera fila y consegui subirme al escenario a saltar como un loco al lado de Beth !!! fue la ostia !! que buenos que son, un concierto inolvidable, de los mejores que he estado en mi vida !!!

    Escrito por Toti | junio 12, 2008, 13:42